La formación culinaria gana espacio como opción educativa y profesional
El interés por aprender a cocinar de manera formal crece y se consolida como una tendencia que atraviesa distintos perfiles sociales. Ya no se trata solo de una actividad recreativa, sino de una alternativa educativa que combina conocimiento, práctica y contacto directo con el mundo gastronómico. En los últimos años, escuelas especializadas, institutos privados y centros culturales ampliaron su oferta para responder a una demanda sostenida de personas que buscan incorporar nuevas habilidades, ya sea por interés personal o con una proyección laboral.
Los cursos gastronómicos ocupan un lugar central dentro de este fenómeno. La propuesta suele articular contenidos teóricos con instancias prácticas que permiten a los estudiantes familiarizarse con técnicas básicas y avanzadas. Desde preparaciones tradicionales hasta métodos contemporáneos, las clases están pensadas para acompañar distintos niveles de experiencia. El trabajo con materias primas frescas y de estación es una constante, ya que forma parte del aprendizaje sobre calidad, planificación y uso responsable de los ingredientes.

El crecimiento de esta oferta también se refleja en los números. De acuerdo con datos de la Asociación Europea de Escuelas de Hostelería y Gastronomía, la matrícula en cursos culinarios aumentó cerca de un 25 por ciento en los últimos cinco años, con un fuerte impulso tras la pandemia. Este incremento está vinculado tanto al interés por la cocina doméstica como a la búsqueda de reconversión laboral en un sector que mantiene una demanda activa de personal capacitado.
Más allá del contenido técnico, la experiencia formativa se apoya en el intercambio entre los participantes. En la escuela Gastroactitud señalan que “los espacios de aprendizaje están pensados para que los alumnos trabajen en conjunto, compartan procesos y aprendan también del otro”. El trabajo en grupo y la dinámica colaborativa favorecen un clima donde el error se entiende como parte del proceso y el aprendizaje se construye de manera colectiva.
La figura del docente cumple un rol clave. Muchos cursos están a cargo de cocineros y chefs con trayectoria en restaurantes, hoteles o emprendimientos propios. Su aporte va más allá de la receta: transmiten criterios de organización, manejo del tiempo, relación con proveedores y lógica de trabajo en cocina. Este contacto directo permite a los estudiantes conocer aspectos del oficio que no siempre están disponibles en formatos digitales o autodidactas.
Otro rasgo del crecimiento del sector es la diversificación de contenidos. A la formación clásica se suman programas orientados a dietas específicas y nuevas demandas de consumo. Las propuestas vinculadas a la cocina vegana, vegetariana, sin gluten o saludable muestran un aumento sostenido. Según un relevamiento del Observatorio de Tendencias Alimentarias de España, uno de cada tres alumnos eligen cursos relacionados con alimentación consciente o restricciones alimentarias, un dato que refleja cambios culturales más amplios.
La expansión de los cursos responde, además, a una transformación en la forma de vincularse con la comida. Cocinar deja de ser solo una tarea cotidiana para convertirse en una práctica que involucra información, elección y reflexión. Aprender técnicas, conocer el origen de los productos y comprender procesos permite a los participantes tomar decisiones más informadas y conscientes.
En este contexto, la formación culinaria se afianza como una herramienta accesible para explorar intereses, desarrollar habilidades y acercarse a un sector en constante movimiento. El crecimiento de estas propuestas muestra que la gastronomía, además de un oficio, es hoy un espacio de aprendizaje, intercambio y construcción colectiva que sigue sumando nuevos protagonistas.