El fin de la Democracia

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La imaginación popular asocia la caída de Roma con la llegada de oleadas de rudos bárbaros arrasando todo a su paso y el fin del Imperio.

Pero lo cierto es que el propio Imperio romano en sí es una etapa de decadencia con respecto a la civilización romana. Deslumbrados por la extensión del Imperio y de las ruinas de los foros imperiales, se ha colocado la época imperial como la culminación de Roma: lo cierto es que la Urbe, la capital del mundo, era una enorme extensión de infraviviendas y miseria, habitada por un infraproletariado alienado por los juegos del Circo y comprado por el reparto de pan que el estado organizaba con el trigo de los pueblos conquistados.

La conquista del Mediterráneo por Roma no se había hecho con esta población, sino con lo que era la columna vertebral de su sociedad: el campesinado romano libre, fuertemente nacionalista, que cultivaba sus propias tierras y nutría las filas del potente ejército de la República romana.

Fue el excesivo éxito de la República romana en sus guerras exteriores lo que provocó su propia ruina: tras la segunda guerra púnica, los generales (pertenecientes todos a las clases más altas) trajeron miles de esclavos a sus tierras, apareciendo una mano de obra barata masiva con la que la clase media no podía competir. Además organizaron enormes fincas cerealísticas en los territorios conquistados con esa misma mano de obra esclava: el dominio del mar Mediterráneo por la flota romana hizo que estos cereales llegaran a Roma sin trabas, no había ningún tipo de barrera comercial.

La progresiva expansión romana, imparable tras la eliminación de Cartago, agravó la situación, convirtiéndose el Mediterráneo en un mar “globalizado”. Y el antaño orgulloso campesinado romano emigró a Roma, engrosando las filas de un ocioso –y desesperado- ejército de parados (muchas tareas productivas de las ciudades también eran hechas por esclavos), sin ningún tipo de conciencia ciudadana.

Desaparecida la clase media, el régimen republicano con su división de poderes no tenía sentido. Las familias más poderosas, se disputaron el poder en guerras civiles que marcaron el fin de la República romana. Al final, una de estas familias, la gens Julia, venció a sus rivales. Fue uno de sus miembros, Augusto, el que acumuló todos los poderes del Estado: el primer Emperador.

El que quiera entender, que entienda.

Para conocer Roma

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