La libertad de prensa es una de las reivindicaciones clásicas de las revoluciones burguesas, junto con el derecho al voto y la igualdad ante la ley.

Conseguida (más o menos y con altibajos) a lo largo del XIX, fue limitada o eliminada a lo largo del XX en numerosas ocasiones, básicamente ante el empuje de ideologías que amenazaban el orden social vigente. Pero lo cierto es que su limitación expresa es escasamente eficaz y hasta contraproducente, pues invita a buscar información por vías alternativas: lo es mucho más la manipulación pura y dura.

El falseamiento de noticias en prensa es tan antigua como la misma prensa, pero alcanza su máxima expresión es épocas de lucha: En la guerra, la primera baja es la verdad. En fecha tan temprana para el periodismo de guerra como en la Guerra de Secesión americana (1861-1865) las fotos de los caídos eran trucadas para evitar la desmoralización de la retaguardia.

También fueron los norteamericanos los primeros (hasta donde yo conozco) de los inventores en época contemporánea de lo que podríamos llamar la difamación a gran escala, con el fin de demonizar al enemigo y llevar a sus compatriotas a alguna guerra por la que no tenían ningún interés previamente.

La Guerra de Cuba, o guerra hispano-norteamericana (1898) es conocida también como la guerra de Hearst. Hearst, conocido magnate de una prensa jingoísta (nacionalista) muy popular en los Estados Unidos con sus periódicos de hojas amarillas (este es el origen de la prensa amarilla), no paró hasta que los norteamericanos odiaran profundamente a unos españoles a los que no conocían de nada. Su máxima era I make news: si las noticias que deseaba no existían, se las inventaba.

No solo demostró la importancia del control de la prensa en política, sino marcó un camino a seguir en el futuro: para acabar con el enemigo hay que poner primero a la opinión pública en contra de él, aun falseando la realidad todo lo posible manejando los medios de comunicación. Este es la vía que seguirán todos los políticos demagogos.

Para acabar, la frase de un pensador alemán (de cuyo nombre no puedo acordarme) refiriéndose a sus colegas: Presumen de ser libres pero uno puede adivinar al partido que votan simplemente observando el periódico con el que desayunan por las mañanas.